Sobre el libro ilustrado (1) 02/12/2017

En ocasiones nos sorprende un comentario que se nos hace con frecuencia: “Qué buena idea la de editar clásicos ilustrados”. En realidad, el libro ilustrado ha existido siempre. Incluso antes de que existiera el libro tal y como lo entendemos hoy en día.

Los manuscritos más antiguos que se conservan poseían también ilustraciones primorosas. Eran objetos de lujo, por supuesto: cuidadosa y largamente elaborados de una forma absolutamente artesanal. No todos, claro está, poseían estas características: abundan más los manuscritos carentes de imágenes, aquellos manuscritos que se copiaban más o menos velozmente y que eran un eficaz medio de transmisión cultural. Sin embargo, el objeto de nuestro interés es el manuscrito ilustrado.

Uno de los más antiguos que se conservan es el Manuscrito de Ani. Se calcula que fue escrito durante la dinastía XVIII, hacia el año 1300 a. C. En él se da una característica singular: lo que prima no es el texto, sino las imágenes. El texto viene a ser la “explicación” de las ilustraciones. Un poco como ciertos (in)evitables pies de foto actuales que dirigen la mirada del espectador y que, de alguna manera, “fuerzan” la interpretación de la imagen.

El Papiro de Ani es la versión más conocida del Libro de los Muertos y, entre todos los textos del Libro que se han encontrado, es el que tiene el mayor número de capítulos, todos decorados con dibujos que explican cada paso del juicio de Osiris. Anubis, con cabeza de chacal, pesa el corazón del escriba Hunefer contra la pluma de la verdad en la balanza de Maat. Tot, con cabeza de ibis, anota el resultado. Si su corazón es más ligero que la pluma, a Hunefer se le permite pasar a la otra vida. Si no es así, es devorado por la expectante criatura quimérica Ammyt, compuesta por partes de cocodrilo, león e hipopótamo.

Manuscrito de la General estoria (códice del Escorial) de Alfonso X el Sabio. Es un libro de carácter histórico escrito a partir de 1270 por Alfonso X el Sabio y sus colaboradores de la Escuela de Traductores de Toledo que pretendía ser una extensa historia universal en castellano.

 

 

 

El manuscrito ilustrado tuvo su edad de oro durante la Edad Media. En el occidente cristiano proliferaron las biblias ilustradas, los libros de horas, los devocionarios; escasos son los manuscritos ilustrados que no tuvieran como finalidad la enseñanza y difusión del cristianismo. La invención de la imprenta en el siglo XV acabó temporalmente con la creación de estas magníficas obras de arte. Un volumen podía multiplicarse; el coste, tanto para los artesanos como para los compradores, se abarató considerablemente. Sin embargo, pronto regresaría el libro considerado como objeto de lujo, ahora adaptado a los usos de la imprenta.

 

 

 

 

 

 

 

 

Todas sus miniaturas parecen haber sido realizadas bajo la dirección del célebre maestro Ustad ‘Osman, indiscutible autor de la serie inicial de imágenes dedicadas a los signos del zodíaco.

 

 

No obstante, la imprenta no acabó de inmediato con el manuscrito ilustrado. Sirva como ejemplo señero El libro de la felicidad, un hermoso manuscrito de mediados del siglo XVI encargado por el Sultán turco Murad II. Algunos reyes, nobles y potentados seguían prefiriendo la posesión de un objeto único.

El Libro de la felicidad contiene detalladas descripciones de las características personales de los nacidos bajo cada uno de los doce signos del zodíaco. Para ilustrar estas descripciones se muestra una serie de pinturas que representan distintas situaciones del ser humano según la conjunción de los planetas, unas tablas de concordancia fisonómicas, otras para la correcta interpretación de los sueños y un enigmático tratado de adivinación con el que cada cual puede pronosticar su suerte.

 

 

 

 

 

Demos un salto de varios siglos. Durante el siglo XIX se impone la figura del escritor profesional. No es que en tiempos anteriores no existieran autores que se ganaran la vida merced a su ingenio; pero estos eran la excepción, y en su mayoría, se trataba de dramaturgos que abastecían con sus obras la enorme demanda de las compañías teatrales. Shakespeare es el ejemplo lógico en Inglaterra, así como Lope de Vega y Calderón de la Barca lo son en España.

Pero esa eclosión del escritor profesional comienza más tarde: Dickens, Galdós, Flaubert, Maupassant, Trollope, Stevenson… Todos ellos autores del siglo XIX. Y muchos de estos autores publicaban primero sus obras en revistas o publicaciones periódicas para, poco después, y si esa obra había obtenido un cierto éxito popular, editarla en forma de libro. Y estos autores se preocupaban mucho por la calidad de las ilustraciones que acompañaran sus textos.

Veamos el caso paradigmático de Robert Louis Stevenson y la obra que le dio fama e hizo de él un escritor enormemente famoso: La isla del tesoro. La obra se publicó a lo a lo largo de ocho entregas en la revista Young Folks entre 1881 y 1882. Stevenson no quedó demasiado satisfecho con la calidad de las ilustraciones, pues consideraba que no “captaban el espíritu de la obra”.

Otra obra de Stevenson publicada en Young Folks: Kidnapped o Las aventuras de David Balfour

La primera edición en libro es de 1883 y contaba con cuatro ilustraciones que de nuevo decepcionaron ligeramente a Stevenson; más satisfecho se mostró ante los grabados de la primera edición norteamericana, con un trabajo espléndido del ilustrador F. T. Merrill.

Frontispicio e ilusttración de la primera edición norteamericana, 1884. Grabados de F. T. Merrill

Sin embargo, fueron las imágenes de la traducción francesa de La isla del tesoro, aparecida a finales de 1885, las que entusiasmaron al autor. Las ilustraciones corrieron a cargo de Georges Roux y Stevenson consideró que eran las que, hasta aquel momento, hacían verdadera justicia a su novela.

Ilustraciones de Georges Roux para La isla del tesoro. Edición rusa.

Felipe Trigo. El sueño de la duquesa. Revista Los Contemporáneos, 1915 nº 330- 23 de abril. Ilustraciones de Mota

 

 

Sirvan estas breves notas para hacer constar el interés que se tomaban los autores porque sus obras estuvieran acompañadas de las mejores imágenes posibles. Algo que fue muy común durante prácticamente todo el siglo XIX y que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX, cuando aún muchos escritores publicaban sus relatos, obras de teatro y novelas en forma de serial (tanto en revistas especializadas en literatura como en diarios de información general) y posteriormente en libro. Y también el libro-objeto, en cuanto a la calidad del diseño (de cubierta, de tipografía y de ilustraciones, si es que las incluía) recibía un tratamiento esmerado… a requerimiento del escritor.

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